Mi anciano amigo contaba un recuerdo de su infancia que a él le ensanchaba el corazón y a mí me lo encogía.
Su familia era campesina y pobre y de muchos hermanos -también yo tengo muchos y no me sobra ninguno-. Los 8 o diez hermanos, de pequeños dormían en una sola cama ancha, porque la casa no daba para más.
Una vez al año pasaba por su casa una mujer más pobre todavía, a pedir limosna. Su madre le daba de comer, la bañaba, le daba ropas nuevas y lavaba las que llevaba puestas, le arreglaba un sitio para dormir y al día siguiente la despedía con un buen paquete de comida.
Las soluciones no están en el Gobierno, ni el FMI ni en la ONU. Las soluciones están en el corazón.

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